Me encontraba caminando por la calle después de un largo día de entrevistas de trabajo, en donde el resultado fue siempre el mismo, NOSOTROS NOS COMUNICAMOS CON USTED, GRACIAS.
Por supuesto que estaba presentable para estas entrevistas, con traje y corbata, como lo marca la etiqueta, sin un quinto en la bolsa y con un mounstro amenazante en el estómago.
Calma, calma, me decía yo, tratando de engañarlo, pero sin ningún éxito, hasta que no pude más y sin darme cuenta me quede parado afuera de un restaurante y sin pensarlo me encontré frente al dueño diciéndole que si podía darme algo de comer y que a cambio yo le trabajaría ese día como su lavatrastes, porque no tenía trabajo y ya no me quedaba dinero para llevar comida para mi familia; por supuesto que el señor me miro como un bicho raro y me observo de pies a cabeza preguntándome, seguro que de lavatrastes? a lo que conteste que si, con un nudo en la garganta.
El señor me miro con compasión, me dijo que pasara y me llevo hasta la cocina y le dijo a la cocinera que me diera lo necesario para lavar los trastes.
Acto seguido, me quite el saco, me arremangue la camisa y empecé a lavar los trastes; a los quince minutos, mas o menos, regreso el dueño y me dijo que dejara lo que estaba haciendo y que me sentara a comer; con lágrimas en los ojos empecé a comer y a agradecer a Dios por mostrarme su infinito amor atraves de la amabilidad del señor que me daba de comer en ese momento.
Cuando terminé, el señor me entregó un paquete con comida suficiente para mi esposo y para mí; no pude mas que agradecerle con la voz entrecortada, porque además de eso me dijo:
No llore, y si algún otro día necesita apoyo de nuevo, no dude en regresar, aquí siempre tendrá un plato de comida para usted y su esposo, y no sera necesario que lave trastes.
Después de haber pasado por esa experiencia tan reconfortante llegue a casa solo para darme cuenta de que la persona por la que había hecho todo en ese día, le había pedido a su madre que me informara que ya no me quería ver mas en la casa porque ya no tenía trabajo, ¡ja! que ironía.
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